LA ÉTICA REALISTA


ALEJANDRIA REVOLUCIONARIA, EL DIOS CATÓLICO ENTRE LA ESPADA Y LA FE……

V Contigo Somos + Paz – 10º Aniversario Carta de la Tierra ( video) :

El cosmos es mi Dios. La naturaleza es mi Dios La Carta de la Tierra debe sustituir a Los Diez Mandamientos y al Sermón de la Montaña —Mikhail Gorbachev, Funcionario de la ONU y ex premier soviético. Importante promotor de la Carta de la Tierra

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La ética realista está basada en dos sólidos pilares: a) Una reflexión filosófica seria y rigurosa sobre hechos históricos, biológicos, psicológicos, y sociales verificables, y b) los fines e intereses del individuo y de la sociedad en la que está inmerso. Además, no exige más de lo que puede ofrecer un individuo mentalmente sano y que viva en una sociedad más o menos libre y empática. Como todas las demás, la ética realista propone el altruismo, pero no de cualquier clase: propone el altruismo razonado. Se trata de una ética de círculos concéntricos: primero yo, después mi familia, después mis amigos, después mis conocidos, después mi comunidad y finalmente toda la humanidad (no necesariamente en ese orden).

La crisis de 1929

La mayoría de los zoólogos coinciden en que los animales tienen como máxima prioridad la sobrevivencia y la satisfacción de sus necesidades. Por lo tanto, si yo también soy un animal y si lo más importante es mi supervivencia y mi bienestar, ¿por qué debo practicar el altruismo si no existe ninguna divinidad ni ente suprahumano que me lo ordene? Por dos razones: por conveniencia y por empatía. Por ejemplo, un padre enfurecido porque su hijo quemó su casa probablemente arriesgará la vida para salvarlo de las llamas. En este caso el amor paternal es más fuerte que la furia por haber perdido su patrimonio. También puede ocurrir que, dominado por la avaricia, un hombre esté a punto de realizar un acto que pudiera hacerle perder a su mejor amigo. En tal caso probablemente renuncie a un bien muy apetecible con tal de mantener la amistad y el aprecio del amigo en cuestión.

Pero, ¿qué sucede cuando simplemente tengo la elección entre beneficiar a los demás o a mí mismo? Esto no se puede responder si no se ubica en un contexto real e histórico. En este caso, ¿quiénes son “los demás” y de qué beneficio estamos hablando? Por otra parte, si beneficio a “los demás”, ¿yo quedo excluido totalmente de este beneficio? Nuevamente recurramos a un ejemplo: Si “los demás” son mis hijos, y se trata de repartir el último pan de la alacena, yo creo que bien vale la pena hacer el sacrificio.

Los ejemplos anteriores demuestran que todo es circunstancial e histórico. Pero también debemos hacer énfasis en que sólo con una apropiada educación de los niños, en el más amplio sentido de la palabra, se puede crear una sociedad empática y cooperativa. Desde que nace el niño recibe, principalmente de sus padres, un flujo continuo de una porción de la enorme herencia cultural que ha acumulado la humanidad a lo largo de milenios. Este mecanismo de asimilación o interiorización continúa en las escuelas y durante las interacciones sociales hasta la edad adulta y aún más allá. Dicho proceso educativo no consiste únicamente en la trasmisión/recepción de conocimientos y habilidades, sino también en el entrenamiento para el control de los sentimientos y emociones y para el refinamiento o afinamiento de los gustos y las percepciones. Si un hombre no aprende a controlar sus sentimientos y emociones se convierte en un individuo irascible, intolerante, patológicamente egoísta y finalmente en un inadaptado social. Si no logra refinar o afinar sus gustos y percepciones jamás logrará disfrutar del arte, la amistad, y el amor. No olvidemos que hasta para paladear un buen vino se requiere del entrenamiento y/o refinamiento del sentido del gusto.

Cuando el ser humano llega a cierta edad, comienza a tomar más en serio sus conflictos éticos, especialmente cuando se involucra por primera vez en proyectos (moralmente) idealistas, ya sean personales, políticos o comunitarios. Estos conflictos surgen debido a la confrontación entre sus intereses “egoístas” y sus ideales o intereses “altruistas”. No obstante, las más de las veces éste es un falso conflicto, ya que ambos intereses pueden no ser contradictorios. Por ejemplo, si un joven egresado de una escuela de medicina está indeciso entre instalar un consultorio en la ciudad e iniciar una lucrativa práctica médica o irse a recorrer rancherías para ayudar a curar campesinos, no tiene por qué angustiarse: puede optar por lo segundo y, si después de algunos años se le “acaba” el idealismo, podrá regresar a la ciudad. Si, por el contrario, la atención a los desamparados le satisface más con el paso de los años y esto le da sentido a su vida, puede decidir no regresar a la ciudad, aunque viva con ciertas limitaciones.

Todos los conflictos morales pueden arreglarse utilizando apropiadamente y con buena disposición el sano egoísmo y los buenos instintos. Así, desde el punto de vista del altruismo razonado, un hombre que arriesga su vida para salvar a alguien que se está ahogando puede ser calificado de imprudente; pero un individuo que sin arriesgar su vida no salva a alguien que se está ahogando, no merece otro adjetivo que el de moralmente autista. En el primer caso el hombre se dejó llevar por sus instintos de solidaridad y empatía, pero de cualquier modo prestó un servicio a la sociedad; en el segundo caso sólo puede decirse que se trata de un individuo que tiene embotados sus sentimientos de solidaridad y empatía, por lo que será disfuncional en cualquier sociedad.

¿Qué se requiere para implantar la ética realista en nuestro convulsionado mundo, antes de que nos destruya la guerra atómica, el cambio climático, el caos ecológico o alguna pandemia? En primer lugar, eliminar la influencia de las castas sacerdotales y demás “guías espirituales”. Mientras subsista la influencia de sacerdotes y otros intermediarios entre los dioses y la humanidad que compelan a los hombres a seguir los deseos de las divinidades, todas las éticas tendrán como objetivo que los individuos y las sociedades cumplan con sus mandamientos, y estos mandamientos seguirán siendo los que les convengan a la casta sacerdotal. Pero también hay sacerdotes laicos promotores del culto a la Patria, a la Raza, a la Cultura Occidental, al Estado, al Proletariado, al Capitalismo, etc. (Hitler, Stalin y Pol Pot son apenas algunos ejemplos). Estos sacerdotes laicos sostienen que los individuos no valen nada si no están al servicio de una causa gloriosa y trascendente. Por supuesto que no estamos en contra de las causas grandiosas (como serían la conquista de Marte, la trasformación del Sahara en un vergel, etc.). A lo que nos oponemos es a que estas causas sean convertidas en fetiches y se obligue a los hombres a rendirles culto.

Otra cosa que impide la propagación de la ética realista es la perversión de los instintos provocada por una mala educación dentro de la familia, ambientes sociales demasiado adversos y el bombardeo ideológico de los medios de comunicación mercantilizados, que promueven el egoísmo miope, el hedonismo barato y la violencia gratuita. Esto propicia el embotamiento de los sanos instintos y de los sentimientos de solidaridad y empatía, y genera una multitud de individuos patológicamente egoístas o, lo que es peor, moralmente autistas, es decir, incapaces de conmoverse ante el sufrimiento ajeno o involucrarse en actividades sociales o comunales que no les reditúen recompensas inmediatas y tangibles.

Finalmente tenemos la falta de visión histórica, social y política de las clases dirigentes. La mayor parte de los miembros de las plutocracias, especialmente en los países del Tercer Mundo, piensan que apartándose físicamente de la “chusma” y refugiándose en recintos amurallados y protegidos estarán a salvo de la delincuencia y de los conflictos sociales. No obstante, mientras formen parte de una sociedad, tarde o temprano también serán víctimas de un un robo, secuestro u homicidio y, en caso de un estallido social, serán los primeros en sufrir sus consecuencias. Su sano egoísmo debería indicarles que vale la pena sacrificar un poco de su riqueza para propiciar una comunidad humana más justa e igualitaria, lo que a su vez producirá seguridad, paz y armonía social.

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Mientras no introduzcamos la ética realista difícilmente nos salvaremos de la catástrofe social, económica y ecológica que se avecina. Pero para lograr este cambio no sólo tenemos que predicar entre los hombres y mujeres de buena voluntad; también tenemos que convencer a los miembros de los sectores privilegiados de la sociedad, es decir, a los magnates industriales, comerciales y financieros y a los miembros de las altas jerarquías de los gobiernos. Pero no avanzaremos mucho si previamente no les ganamos la batalla a los ideólogos del status quo, quienes no sólo contribuyen a dar legitimidad al sistema actual, sino que refuerzan las convicciones de los poderosos, dándoles incluso buena conciencia.

¿Pero por qué habría de triunfar la ética realista en sociedades en las que fallaron las éticas fundadas en mandatos divinos? Porque nuestra ética no exige sacrificios absurdos ni ordena conductas que vayan en contra de nuestros instintos e intereses legítimos. Promueve la alegría de vivir, la generosidad y la empatía, la solidaridad razonada, la educación de los sentimientos y el refinamiento de los gustos. Además, esta ética está basada en el sentido común, en reflexiones filosóficas y en datos científicos verificables. Finalmente, nuestra ética no requiere de enemigos reales o inventados para aglutinar a la sociedad y canalizar sus energías en contra de una real o supuesta amenaza. No requerimos del odio para trasformar nuestro entorno social.

Resumiendo: el ser humano es un animal social que nace con un conjunto de instintos, potencialidades y limitaciones. Pero esto no significa que sea esclavo de su herencia genética, como las hormigas o la abejas, cuyos destinos están predeterminados desde el momento del nacimiento. Nuestra gran capacidad cerebral nos permite una serie de opciones que serían imposibles para un insecto. Además, gracias a nuestra larga infancia tenemos tiempo para asimilar la enorme herencia cultural que han acumulado las sociedades humanas. Si la infancia y la juventud transcurren de manera satisfactoria, el adulto humano finalmente podrá realizar una síntesis entre sus instintos, su educación y su herencia cultural que le permitirá llevar una vida productiva por el resto de su vida. Si todos los habitantes del planeta pudieran acceder a este esquema de vida, se acabarían para siempre muchos de los problemas sociales y buena parte de los problemas individuales. Desafortunadamente las cosas están muy lejos de ser así. Padres disfuncionales, una enfermedad prolongada o discapacitante de alguno o de ambos padres, una crisis económica grave y prolongada, una guerra devastadora, una catástrofe natural, etc. pueden trastornar de tal manera el desarrollo de los hijos, que sus consecuencias pueden afectar a dos o más generaciones posteriores. Afortunadamente el hombre es un animal que vive inmerso en una organización social que puede contribuir a subsanar las contingencias de la vida.

Los paises mas afectados por la crisis :  en rojo, los mas, despues los rosaAsí pues, si deseamos una sociedad sana, ésta debe ser solidaria con las familias y los individuos que la constituyen. Por eso es que el principio fundamental de la ética realista es la solidaridad.

El segundo principio de la ética realista es la reciprocidad, lo que implica que la solidaridad debe ser en ambos sentidos: desde la sociedad hacia las familias (e individuos) y desde éstas hacia la sociedad. Otro principio fundamental es la libertad. Aun cuando algunos pensadores consideran que la libertad es incluso más importante que la solidaridad y la reciprocidad, yo considero que no es así, ya que la libertad carece de sentido en una sociedad caótica. Por lo que respecta a la libertad absoluta, éste es un concepto absurdo, tanto desde el punto de vista biológico como social.

Durante el siglo XIX, y sobre todo en el siglo XX, surgió un falso debate en torno a estas cuestiones. Los socialistas autoritarios (es decir, los marxistas-leninistas) aseguraban que la finalidad de la Revolución de Octubre era imponer la igualdad económica, aun a costa de las libertades políticas e individuales de la población. Los resultados de esta decisión son ampliamente conocidos: una vez eliminado todo vestigio de democracia se instalaron en todos los países “socialistas” regímenes burocrático-policiacos cuya finalidad dejó de ser la igualdad económica, ya que ahora lo que importaba era perpetuarse en el poder. Por su parte, los dirigentes e ideólogos de las “democracias” occidentales alardeaban continuamente de las libertades de que gozaban sus países. Las desigualdades económicas y la explotación a la que estaba sujeta la mayoría de la población era el pequeño precio que tenían que pagar para el disfrute de estas libertades.

Pero, como ya lo mencioné, éste era un falso dilema. Las alternativas no eran “igualdad económica sin libertades” o “libertades sin igualdad económica”, ya que hay otras muchas opciones, es decir, regímenes económico-sociales en los que coexistan la igualdad económica (hasta donde esto sea posible) y las libertades políticas e individuales. Para empezar, ningún socialista sensato propondría seriamente una sociedad en la que se introdujera por decreto la absoluta igualdad económica, ya que esta igualdad es intrínsecamente imposible debido, entre otras cosas, a la diversidad de capacidades e intereses de los miembros de las sociedades humanas. Por otra parte, la imposición de cualquier cosa a una sociedad (ya sea un régimen político, una religión o una cultura), constituye un acto de violencia que afecta negativamente el tejido social y provoca un rechazo prolongado por parte de la población. Por lo tanto, los regímenes marxistas-leninistas estaban condenados al fracaso desde el principio. En lo que respecta a las supuestas libertades que ofrecían los regímenes capitalistas, éstos bienes sólo eran disfrutables por una mínima parte de la población. ¿De qué le servía la libertad de tránsito a un asalariado que estaba obligado a presentarse a trabajar a una fábrica casi 365 días al año? ¿De qué le servía el derecho de voto a un campesino analfabeto que no distinguía en absoluto las propuestas sociales y económicas de los distintos partidos políticos? ¿De qué le servía el derecho de propiedad a un obrero que jamás podría ahorrar lo suficiente para comprar una casa?

Se me dirá que actualmente (por lo menos en los países “desarrollados”) esto ya ha sido superado. Probablemente estén ( estaban ) cerca de lograrlo las socialdemocracias (!) nórdicas; no obstante, mientras que en la mayoría de los países del Primer Mundo el nivel de vida del grueso de la población se ha elevado, persisten estructuras políticas sociales y económicas que permiten que un grupo reducido de capitalistas amasen enormes fortunas y que un grupo reducido de políticos tomen decisiones que no benefician a la sociedad en su conjunto, o que incluso la perjudican. El ejemplo más paradigmático de esta situación lo constituye Estados Unidos de Norteamérica. ¿Por qué este país está amenazado continuamente por el terrorismo internacional? ¿Por qué sus gobernantes pudieron expedir una ley (la llamada Ley patriota o patriótica) que permite la conculcación de los derechos individuales, con el pretexto de combatir el terrorismo? ¿Por qué la economía de casi todas las familias norteamericanas está al borde de la bancarrota debido al manejo irresponsable de la Reserva Federal, que ha puesto al dólar en una situación de alto riesgo? La respuesta es muy simple: el pueblo norteamericano no tiene libertad ni capacidad para castigar a sus gobernantes. Tampoco puede controlar a sus grandes empresarios, especialmente a los propietarios de los medios masivos de comunicación (¿o de enajenación), quienes se han encargado de evitar que el ciudadano medio se entere de los motivos por los que Estados Unidos ha cosechado tanto odio en el mundo, particularmente en el mundo islámico. Estos medios tampoco hablaron en su momento de los golpes de Estado patrocinados por la CIA y por empresas trasnacionales (como los de Irán, Guatemala o Chile), ni de las invasiones militares injustificadas (como las de Vietnam, Nicaragua y Panamá, y recientemente las de Iraq y Afganistán).

Pero las barbaridades que realizan los gobiernos y las grandes empresas no siempre son tan conspicuas. Por ejemplo, poco se sabe de los métodos que utilizan los grandes laboratorios farmacéuticos para probar nuevos medicamentos, que consisten en convertir en conejillos de indias a depauperados e ignorantes habitantes del Tercer Mundo. Tampoco está muy difundido entre el gran público un hecho particularmente siniestro: los experimentos realizados por el Ejército Norteamericano consistentes en administrar psicotrópicos y sustancias radiactivas a sus propios soldados. Además, recientemente la prensa ha dado a conocer a la opinión pública mundial los métodos fascistas que utiliza la CIA y el Pentágono para interrogar a los sospechosos de terrorismo, a quienes les niegan hasta los derechos jurídicos más elementales: el habeas corpus y el derecho a un juicio.

¿De qué manera podría prosperar la ética realista en un mundo en donde los ciudadanos no tienen la capacidad para modificar sus sociedades, debido a que no pueden controlar a sus gobiernos ni a sus grandes magnates? La única solución es adoptar el (¡qué horror!) socialismo cooperativista. Pero no se espanten; después de más de 70 años de capitalismo de Estado en la Unión Soviética todavía habemos algunas personas que creemos en las bondades del socialismo democrático y libertario. Y es precisamente por la experiencia soviética por la que quiero enfatizar la necesidad de aprovechar las lecciones de la Historia. En primer lugar, nunca debemos imponer un régimen político o económico por la fuerza: sólo el consentimiento y la consecuente participación de la población nos permitirá hacer cambios positivos y duraderos en la sociedad. En segundo lugar, tenemos que ganar previamente la batalla ideológica y convencer a los intelectuales orgánicos del sistema de que, si ocurre una catástrofe global, ninguna torre de marfil los salvará de los horrores de una guerra atómica, biológica o química, o de un cataclismo natural a nivel mundial provocado por el cambio climático. Quizá los ricos que tengan suficientes ahorros en oro podrán capotear una crisis económica mundial como la de l929, pero a la larga tampoco sobrevivirán al caos social que sobrevendrá.

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Si exponemos claramente nuestras metas y objetivos quizá hasta los más recalcitrantes barones de la banca dejen de horrorizarse ante la palabra socialismo. Pero si no logramos eliminar las connotaciones satánicas de esta palabra, no tengo inconveniente en que la eliminemos de nuestra propuesta y continuemos nuestra labor utilizando únicamente el segundo término: el cooperativismo.

¿Pero, qué es el cooperativismo? Es una actividad económica, política y social que han venido practicando desde hace milenios algunos sectores de la sociedad, pero que desafortunadamente no ha podido prosperar porque lo han impedido los grandes intereses económicos, políticos y religiosos.

IV. ÉTICA Y COOPERATIVISMO

FUNDAMENTOS BIOLÓGICOS E HISTÓRICOS

Entre los animales sociales la cooperación mutua es necesaria y, en ocasiones, vital para la preservación de las especies. Sin embargo, esta actitud cooperativa no es una conducta aprendida por los individuos, sino un instinto inscrito en los genes del animal. Desafortunadamente este instinto de cooperación generalmente se circunscribe a los miembros de la manada, así que un animal ajeno al grupo no sólo no recibe sus beneficios.

Los animales sociales forman grupos que pueden incluir una familia, varias familias o un número indeterminado de individuos no emparentados, y la cooperación puede consistir en el cuidado grupal de las crías por parte de las hembras o los machos adultos, la formación de cuadrillas de vigilancia y alarma ante una amenaza, el compartimiento del producto de la caza, del terreno de pastoreo, de la guarida, etc. También varía el grado de cooperación. Mientras que las hembras de algunas especies acceden a amamantar a hijos que no son suyos, las hembras de otras especies se niegan a hacerlo, por lo que los cachorros huérfanos están condenados a morir de hambre. Así pues, la variación en las conductas cooperativas de los animales sociales de las distintas especies es prácticamente infinita.

¿Y respecto al animal humano? De acuerdo con las más recientes investigaciones atropológicas, las primitivas hordas humanas estaban formadas por algunas decenas de familias emparentadas entre sí y encabezadas por uno o varios machos dominantes. Aun cuando los machos dominantes tenían ciertos privilegios, en general ejercían un liderazgo benigno que permitía la cohesión del grupo y fomentaba la cooperación entre todos los miembros. Esto ocurriría prácticamente en todos los lugares del mundo ya que, excepto en casos extraordinarios, los seres humanos raras veces viven permanente solos, puesto que la existencia solitaria puede conducir a la muerte o a la locura. Desde el tiempo de los antiguos griegos ya se sabía que el Hombre es un animal que no puede alcanzar su pleno desarrollo fuera de un grupo social organizado (“el hombre es un zoon politikon”, decía el filósofo Aristóteles).

Actualmente hay muy pocos científicos que rebaten esta perspectiva histórica. La mayoría de los investigadores coinciden en que el ser humano es instintivamente gregario, empático y cooperativista. Lo que todavía es materia de discusión es el alcance que tenían estos sentimientos instintivos en la prehistoria. Además de los miembros de la horda, ¿la empatía y el instinto de cooperación también incluía a miembros de otras hordas (por ejemplo, hombres enfermos o heridos rezagados de su horda, niños huérfanos, abandonados o extraviados, hembras capturadas, etc.), o todos los integrantes de otras hordas automáticamente eran considerados extraños, o incluso enemigos? Por ahora no lo sabemos, pero en lo que sí existe consenso es que dentro de las hordas primitivas la conducta cooperativa era esencial para la sobrevivencia del grupo.

Algunos historiadores, antropólogos y sociólogos proponen la hipótesis de que el estado actual es el resultado de una distorsión de las relaciones humanas provocada por la imposición en las sociedades primitivas de estructuras jerarquizadas que chocaron con los instintos e intereses de la mayoría de sus integrantes. A lo largo del devenir humano los agrupamientos de hordas en tribus y de tribus en naciones no se hicieron a través de contratos voluntarios, sino por medios coercitivos, lo que provocó la convivencia forzada de grupos con intereses diversos e incluso antagónicos, y esto a su vez originó una erosión progresiva de la solidaridad, la empatía y la cooperación entre los individuos dentro de las sociedades, y choques cada vez más violentos con otras sociedades.

Ya sea que las cosas hayan ocurrido así o de alguna otra manera, el caso es que actualmente la especie humana está dividida en naciones, razas, religiones, ideologías, clases sociales, etc., y esta división frecuentemente provoca odios, conflictos y guerras ¿Por qué ocurre esto? Entre otras cosas, porque hay élites que se benefician de este estado de cosas. Pongamos un ejemplo que demuestra lo fundamentada que está nuestra aseveración: la  guerra de Iraq. ¿Alguno de ustedes será tan inocente como para creer que el gobierno norteamericano invadió ese país para combatir el terrorismo e imponer la democracia? La verdad es que el gobierno de Bush necesitaba reactivar el complejo industrial-militar norteamericano y decidió inventar un enemigo ad hoc para probar su recientemente modernizado arsenal y posteriormente repartir contratos de reconstrucción y de explotación petrolera entre sus socios y allegados. Así de simple y descarnada es la verdad de este conflicto bélico. Olvídense de supuestos “choques de civilizaciones”, “ejes del mal”, de la “defensa de la democracia occidental y cristiana” etc.; todo se reduce a intereses comerciales mezquinos y a un absoluto desprecio por la vida humana, sobre todo si se trata de la vida de individuos lejanos y sin rostro y, además, infieles y probablemente terroristas.

Lo más triste de todo es que, frente al caótico e injusto estado en el que se encuentra la especie humana, el hombre común se siente totalmente inerme. Las sociedades actuales son tan grandes y complejas, que el hombre medio se siente abrumado e impotente y piensa que ni la más refinada y transparente democracia participativa le permitiría influir en los acontecimientos nacionales, ya no digamos en los de carácter mundial. Afortunadamente esto no es cierto, pues todavía habemos personas que no creemos que estén cerrados todos los caminos hacia la Utopía, y que el camino más viable es el cooperativismo. Después de dos siglos de experimentos socialistas que terminaron en pavorosas tiranías, después de dos guerras mundiales y la amenaza de una tercera y última, después una pandemia del SIDA y de las hambrunas africanas, todavía creemos que los instintos de cooperación y solidaridad que acompañaron a lo largo de cientos de miles de años a las hordas humanas aún nos pueden ayudar a construir un nuevo tipo de convivencia que permita a la mayoría de los seres humanos vivir una vida sana y productiva y desarrollar sus potencialidades en beneficio propio y de sus semejantes. Sólo hace falta una mente abierta y buena voluntad.

BREVE DEFINICIÓN DEL COOPERATIVISMO

El cooperativismo, como su nombre lo indica, es una doctrina social y económica que impulsa la cooperación voluntaria entre los miembros de una comunidad para crear y administrar un proyecto económico común. Se basa en dos premisas fundamentales: la existencia de un instinto en el hombre que lo impulsa a colaborar con su grupo y la posibilidad de educar al ser humano para que refine sus sentimientos de solidaridad y empatía hacia los demás. Por lo que respecta al instinto de cooperación, no dudo que, precisamente por tratarse de un instinto, haya sobrevivido en nuestros genes hasta nuestros días. En relación con los sentimientos de solidaridad y empatía, todo es cuestión de educar a los niños en un ambiente que los propicie, es decir, en una sociedad que no se parezca a la nuestra. ¿Y cómo vamos a lograr esto? Por supuesto que no va a ser por medio de una revolución sangrienta encabezada por un líder carismático rodeado de una camarilla de ideólogos fanáticos. Nuestra labor deberá ser lenta y callada, sin líderes autoritarios y omnisapientes que vigilen la estricta observancia del dogma y la verdad absoluta. Nuestra labor deberá realizarse entre nuestros amigos y parientes, en nuestras escuelas y centros de trabajo, en el Internet, etc. Estará basada únicamente en cinco principios fundamentales: la solidaridad, la reciprocidad, la empatía, la libertad y la equidad.

La libertad, o más bien las libertades, se dividen en dos grupos: Las libertades fundamentales, y las libertades políticas. Las libertades fundamentales son las que nos permiten vivir y desarrollarnos como seres humanos sin interferencias del Estado y de la sociedad; es decir, las que nos permiten creer, pensar y decir todo lo que deseemos sin ninguna restricción o censura, pero sin dañar a los demás miembros de la sociedad. Otras libertades fundamentales son la de libertad de tránsito, de elección de pareja, de elección de profesión u ocupación, de asociación, etc. Las libertades políticas son las que nos permiten participar en el manejo de nuestras instituciones políticas y sociales; éstas son la libertad de votar, de revocar el mandato de los gobernantes, de acceder a la información gubernamental, de asociarse en partidos políticos, de manifestarse públicamente, de postularse para un cargo público, etc.

La equidad es el principio según el cual todos individuos, familias o grupos deben recibir de la sociedad exactamente lo que merecen, de acuerdo con sus aportaciones, sus capacidades y sus necesidades, en ese orden. Lo anterior quiere decir que un individuo apático, egoísta y perezoso, por más necesitado que se encuentre no debe recibir de la sociedad lo mismo que recibiría una persona colaboradora, generosa y diligente. Este individuo, no obstante, podría recibir una ayuda inmerecida de la sociedad, no por razones de equidad, sino por solidaridad y empatía. Como puede verse, mientras que la equidad tiene el carácter de obligatoria, la solidaridad puede ser otorgada graciosamente por los miembros de la sociedad sin que medie la coerción.

El tema de la equidad es muy importante porque constituye la base de todo sistema cooperativista. La equidad, además, es un tema que los ideólogos del capitalismo se rehúsan sistemáticamente a discutir. Aunque desde la época de Ricardo los economistas ya hablaban de la plusvalía, fue Marx quien esclareció definitivamente la cuestión. En términos muy sencillos, la plusvalía o valor agregado es el aumento de valor que sufre un objeto comercializable (mercancía) cuando es transformado por el trabajo humano. Por ejemplo, una caja de tornillos vale más que el rollo de alambre que se utilizó para elaborarlos, una olla metálica vale más que la lámina que se utilizó para fabricarla, un rollo de tela vale más que el algodón o la lana que se utilizó para tejerlo, etc. Así pues, la plusvalía no es más que trabajo humano acumulado, y aquí está la clave de la falta de equidad del sistema capitalista: Si un empresario capitalista instala una fábrica de cualquier cosa y contrata 100 obreros para que trabajen en ella, parte de la premisa de que va a recibir un porcentaje de la plusvalía que van a generar sus asalariados. Por ejemplo, si cada uno de sus 100 asalariados produce 100 dólares diarios de plusvalía y el empresario sólo les paga 50 dólares diarios a cada uno, entonces recibirá 5 000 dólares diarios provenientes de la plusvalía que les descontó. Esto muestra la falta de equidad de este sistema, pues el capitalista recibe 100 veces más ingresos que cada uno de sus empleados, sin trabajar 100 veces más que ellos y sin ser 100 veces más inteligente y productivo. Por supuesto que el empresario se defenderá diciendo que el porcentaje de la plusvalía que recibió lo merece con justicia porque él, y sólo él, arriesgó su capital para producir la mercancía en cuestión, mientras que los obreros sólo pusieron su trabajo.

No vamos a discutir aquí el tema de la acumulación original ni la manera tan truculenta como evolucionó el capitalismo hasta llegar a la moderna sociedad anónima o corporación. Lo que sí vamos a dejar en claro es que, si queremos transitar de una manera tranquila y civilizada del capitalismo al cooperativismo no nos queda más remedio que respetar el derecho de propiedad de los empresarios capitalistas (aunque lo consideremos injusto) y comenzar a crear, en paralelo, empresas cooperativas. Por lo tanto, el punto de partida para la instalación del cooperativismo en nuestras sociedades es permitir la libre competencia entre las sociedades anónimas y las cooperativas, pero con base en un régimen fiscal que favorezca a estas últimas con la exención de impuestos. También se deben eliminar todos los impuestos al consumo (excepto a productos cuyo consumo se desee limitar, como el alcohol y el tabaco). El grueso de la recaudación fiscal se concentrará en el impuesto sobre la renta en sus dos vertientes: impuesto a las empresas (o personas morales) e impuesto a los individuos (o personas físicas), y esto significará que los capitalistas pagarán doble impuesto (por ellos mismos y por sus empresas), mientras que los cooperativistas únicamente pagarán como personas físicas, ya que las cooperativas y las empresas familiares estarán exentas de este impuesto. Tanto la doble tributación para las corporaciones y sus accionistas, como la exención de impuestos a las cooperativas ya se aplica en algunas naciones (por ejemplo, en los países escandinavos e Israel, los cuales están a la vanguardia mundial en materia de cooperativas), así que los congresos o parlamentos de los países en desarrollo no tendrán argumentos válidos para negarse a aprobar una legislación de este tipo. El fomento al cooperativismo también requerirá de fuertes inversiones por parte del Estado y de la consiguiente creación de bancos de desarrollo, así como de una red de institutos de capacitación para la formación de los cuadros de administración para este tipo de empresas. Obviamente, para financiar estas instituciones será necesario tomar los fondos fiscales que actualmente se destinan al gasto militar y a subsidios fiscales a grandes empresas.

A medida que prospere el sector cooperativista de la economía irán desapareciendo las corporaciones debido al éxodo de asalariados hacia las empresas cooperativas, y eventualmente éstas desaparecerán por falta de empleados a quienes explotar. Esto permitirá la eliminación de uno de los agentes que más daño está causando a nuestras sociedades: la élite capitalista que, a diferencia de los funcionarios gubernamentales elegidos democráticamente, posee un gran poder y ninguna responsabilidad frente a la ciudadanía, así como una sed aparentemente insaciable de más dinero y poder, a costa de lo que sea. ¿Estas medidas son utópicas? ¿Permitirá el actual stablishment que sus amadas corporaciones dejen de ser las entidades privilegiadas del Estado? Todo dependerá de nuestra capacidad de argumentación y convencimiento y de nuestra fuerza política real. No es la primera vez que las actividades de convencimiento de los intelectuales y grupos organizados logra cambios importantes en la sociedad cuando su labor es continua y está bien fundamentada y argumentada (simplemente recordemos la abolición de la esclavitud y de las monarquías absolutas, así como la adopción de la democracia representativa y de la seguridad social). Esto no sólo ocurrió en el pasado, ya que en los últimos años los movimientos ecologistas han obtenido notables triunfos, a pesar de la oposición de las grandes transnacionales. Y tampoco olvidemos a las organizaciones pacifistas y de derechos humanos y su positiva intervención aun en países dictatoriales.

De todos modos no podemos confiar en la buena voluntad de nuestros actuales gobernantes, así que el prerrequisito para el triunfo de nuestra causa es movilizarnos para realizar una trasformación a fondo de los sistemas políticos del mundo: no basta con la democracia representativa para que el ciudadano medio adquiera la capacidad para controlar plenamente la actividad de sus gobernantes, especialmente si persiste el actual contubernio entre los grandes capitalistas, los gobiernos y los partidos políticos. Debemos tener presente que los actuales partidos políticos se han convertido en gigantescas burocracias plagadas de intereses y carentes de toda ética, e incluso de ideología. Los términos “izquierda” y “derecha” han perdido su sentido original. Hemos llegado a niveles orwelianos de distorsión del sentido de las palabras, pues de otro modo no se explica que partidos políticos autodenominados “socialistas” (como el PSOE español, la Socialdemocracia alemana y los partidos “socialistas” de Sudamérica) permitan el fortalecimiento de las grandes trasnacionales y avalen las llamadas “mega-fusiones” y la compra masiva de acciones por parte las compañías “controladoras”, que de esta manera se convierten en super-corporaciones con más poder real que los gobiernos.

¿Todavía hay tiempo de rescatar a los gobiernos de la manipulación de los partidos tradicionales y de las grandes corporaciones? Yo creo que sí, pero siempre y cuando no juguemos el mismo juego que ellos inventaron. Mientras que ellos juegan a nivel macro, nosotros tenemos que contrarrestarlos actuando a nivel micro. Esta estrategia es la única que nos permitirá avanzar, pues no hay otro modo de competir con los dueños del gran poder y del gran dinero. Además, si formamos grandes organizaciones piramidales, corremos el riesgo de engendrar líderes autócratas, quienes, debido a la naturaleza humana y a los enormes intereses en juego, podrían venderse al enemigo y traicionar nuestra causa. Nuestras organizaciones no deben tener más de unos cientos de miembros, los cuales deben estar dispuestos a sesionar por lo menos una vez a la semana, y sólo podrán coordinarse con otras organizaciones de manera horizontal y siempre bajo un esquema de rendición estricta de cuentas. No se permitirá la reelección de los coordinadores, y éstos siempre estarán acompañados de un comité de miembros de las bases cuando realicen negociaciones con los partidos actuales, con las grandes corporaciones o con los gobiernos.

La meta inicial del movimiento cooperativista será la multiplicación de las cooperativas, hasta que sean tantas y alcancen tanto poder como el que actualmente tienen las corporaciones. Para no desgastarnos prematuramente, no entraremos en polémicas político-idológicas con las corporaciones, los partidos políticos o el gobierno, y sólo hasta que estemos en condiciones de igualdad comenzaremos a discutir los temas que no sean los estrictamente económicos.

¿Cómo funciona una cooperativa? De la misma manera que una sociedad anónima o corporación, pero en estas empresas todo gira en torno a la equidad (que no es lo mismo que la igualdad). A cada socio la corresponde una parte de las utilidades, la cual se determina de acuerdo con la cantidad de trabajo y talento que aporta, no con el número de acciones que posee. Por supuesto que en estas empresas también hay jerarquías, pero el puesto que cada quien desempeña lo determina el comité administrador con base en las cualidades y los conocimientos personales de cada uno de los socios. A diferencia de la junta de accionistas de las sociedades anónimas, los miembros del comité administrador son elegidos democráticamente entre todos los socios, y la duración de su encargo está predeterminada, por lo que no se pueden perpetuar en el puesto.

Además de la equidad, otra peculiaridad de las cooperativas que las diferencia de las sociedades anónimas es la estricta conexión entre el capital y el trabajo: ningún socio puede aportar únicamente capital o únicamente trabajo, ya que ambos están indisolublemente unidos. Mientras que en una corporación un accionista puede ganar cien veces más que un empleado común sin necesidad de trabajar un sólo día del año, en una cooperativa esto es imposible, ya que no es creíble que un socio pueda producir cien veces más que otro, por más ingenioso y esforzado que sea. No obstante, a un socio que aporte una innovación tecnológica o alguna mejora de otro tipo a la empresa se le podría otorgar un premio o regalías adicionales a su sueldo, pero esto no viola el principio de equidad, a menos que sea exagerada la recompensa otorgada por su aportación.

La meta final del cooperativismo es reeducar a la sociedad para que recupere los hábitos de cooperación y buena convivencia social. También busca eliminar los mecanismos políticos y económicos que actualmente permiten a algunos individuos acumular gigantescas fortunas (y el enorme poder que esto conlleva) y utilizarlas a su capricho y sin ningún control por parte de los gobiernos, y mucho menos de las ciudadanías, propiciando con ello la degradación social y ambiental, las guerras y todas las demás calamidades que produce el poder exagerado y sin control que actualmente disfrutan unos cuantos.

También debe quedar muy claro que, a diferencia del comunismo trasnochado, el cooperativismo no pretende la igualdad económica absoluta entre todos los miembros de la sociedad (y mucho menos la intervención del Estado para que ello sea obligatorio), ya que esto, además de imposible, es inequitativo. Lo que busca es que la riqueza producida por el ingenio y el trabajo del ciudadano común no le sea arrebatada por el Estado, como ocurría en el socialismo burocrático, ni por los empresarios capitalistas, como ocurre actualmente en todo el mundo

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About hilde2008

Pintora Autodidacta Siempre he experimentado la vida como una sucesión de etapas existencialistas no exentas de sus inherentes crisis, y me ha dado curiosidad indagar en todos los ámbitos de la experiencia humana para comprenderme mas a mi misma y a los demás. Cualquier experiencia negativa me llevó a esta búsqueda aunque siempre supe que dichas experiencias las estaba creando yo, la mayoria de las veces, porque " el lado oscuro " era demasiado enigmático y deseaba investigarlo, el inconsciente rige a su manera. Por otro lado..: No soy una Maestra señor Maestro... No soy un ser hiperevolucionado, esas cosas tienen el riesgo de que uno acabe sufriendo por poseer un ego inflaccionado. Sigo mi ruta intentando no desconectarme demasiado y este era y ha sido siempre mi propósito desde que recuerdo...Lo que hoy defenderia y lo que hoy rechazaria es lo mismo que cuando tenía 15 años pero entonces la oposición a cualquier manifestación crítica e innata contra la inercia establecida del absurdo no tenía voz ni nombre en plena transición, y menos en una mujer..mucho menos en una niña. Lo siento por los Sacerdotes de la Panacea Eterna, siempre he caminado en solitario y si alguien me acompaña lo doy por bien venido pero es dificil que vaya a gustarle a todo el mundo y ni lo pretendo..Si alguien se siente molesto ..." al que le pica es que ajos mastica "...Mejor que haga como Aznar : ignorar al menos aparentemente.. Me inspira todo el mundo y todos somos copartícipes de todo. En este blog hay mayoritariamente enlaces que me he atrevido a publicar, si alguien se siente molesto no tiene mas que decirlo y lo borraré. Dichos enlaces y referencias de y a los mismos no implican que yo " comulgue " al 100% con todo lo que se expone, algunos plenamente y otros son simples noticias que me parecen de interés. A veces creo mas en los silencios que en las palabras así, quien me conoce, sabe lo subliminal que se puede esconder de mi propia " persona "( persona viene del griego y..) tras todo ello. No estoy afiliada a ningún partido político ni me identifico totalmente con alguno en concreto, no pertenezco a ninguna secta minoritaria ni mayoritaria como las múltiples iglesias porque Iglesia somos todos como hacienda somos todos aunque tal vez no equitativamente... Por ello gracias a todos los que de una forma u otra hacen posible la libre expresión.
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